Dos horas afinando y sin pedir el baño al cliente
Afinar un piano de cola son dos horas con la llave en la mano y el oído pegado a las cuerdas, casi siempre en el salón de alguien. Y a mí me tocaba parar a media faena y preguntar por el baño, con la vergüenza que da. Un transportista de pianos, hombre de mucha carretera, me habló de los comprimidos que lleva siempre encima.
Salgo de Montblanc con la furgoneta a las ocho. A media mañana, entre un encargo y otro, tomo uno con un trago largo de agua; el otro, sobre las cinco, lejos de la comida, como pide el prospecto. Nunca lo dejo para la noche. El bote va en el maletín de afinar, entre las cuñas de fieltro.
Las afinaciones las termino de un tirón y llego al último piano de la tarde con el oído fresco y ganas de trabajar. También ayuda que bebo a sorbos y no a botellas, y que al volver a casa doy la vuelta entera a las murallas, a buen paso, antes de sentarme a cenar.








