El frasco que cabe en el bolsillo del mono
Tengo las colmenas repartidas por los bancales de encima de Valls, y la miel se saca andando: cuesta arriba, con botas altas y las alzas llenas en los brazos. Buscaba algo fresco que cupiera en un bolsillo del mono, y mi sobrina, que me vende la miel por internet, me enseñó este frasco en la pantalla. Me convenció el tamaño.
Viaja conmigo en la furgoneta, junto al ahumador. Al quitarme las botas me pongo un poco en cada tobillo y en las rodillas, que son las que aguantan los bancales, y froto hasta que desaparece. Refresca enseguida y huele a clavo y a eucalipto; por las abejas no hay cuidado, me lo echo con la faena ya terminada.
Noto las piernas más descansadas en el camino de vuelta y, cosa que no esperaba, la piel de las rodillas, curtida de tanto hincarlas delante de las colmenas, se me queda suave. Lo demás es cosa mía: reparto la carga en dos viajes y estiro un rato apoyado en la furgoneta antes de arrancar para casa.








