La friega de antes de salir a podar
Llevo viñas de airén y cencibel en Quintanar de la Orden, casi todas en vaso, que es como decir que podo doblado desde diciembre hasta que brotan. Mi mujer vio la caja azul en casa de su hermana y la encargó sin avisarme; me la encontré en la mesilla con una nota: «para el de las cepas».
Hago lo que pone el lateral, que viene en castellano: una vez al levantarme y otra al acostarme, con la piel seca. Primero noto fresco y al rato sube un calorcillo por la zona lumbar y entre los hombros que se agradece cuando fuera hay escarcha. Huele a pino y a canela; en casa saben cuándo he pasado por el baño.
Salgo al campo con la espalda más suelta y a media mañana no ando buscando dónde apoyarme. Las manos me las lavo a conciencia, que un día me rasqué un ojo y me acordé hasta el almuerzo. Por mi cuenta he cambiado las tijeras por unas eléctricas y paro en cada hilera a estirarme: las cepas no se van a ir.








