De la cabina del tren a mi hora larga entre olivos
Un maquinista trabaja sentado: la mano en el regulador, la vista en la vía y la pierna izquierda siempre alerta sobre el pedal. Al jubilarme en Baena quise andar y las rodillas no estaban por la labor. En la comida anual de antiguos ferroviarios, un compañero de promoción puso su bote de Artronol encima del mantel.
Me convenció lo simple: una cápsula y el bote dura el mes. La tomo con la tostada de aceite, antes de calzarme las botas, y apunto en el calendario de la cocina el día que estreno cada bote. Voy por el cuarto y no he fallado más que un par de mañanas.
Ahora hago mi hora larga entre olivos, hasta el cortijo viejo y vuelta, y bajo la cuesta sin ir buscando dónde agarrarme. En el huerto me agacho a por los tomates y me levanto de una vez. El coche lo saco para lo imprescindible y al reconocimiento de cada otoño acudo puntual, como cuando me lo pasaba la empresa.








